Hay una creencia que cargué durante muchos años sin darme cuenta de que lo estaba haciendo: la de que la creatividad era un don con el que se nacía o no se nacía. Y yo, claramente, no había nacido con él. De igual forma nació mi idea de aprender italiano de forma creativa.
Si quieres leer este post en italiano hazlo aquí.
Escribir, por ejemplo, era algo que otras personas hacían. Personas con talento, con una voz ya formada, con algo importante que decir. Yo era profesora de italiano. Me gustaba la gramática, me gustaba la cultura, me gustaba esa sensación de ver a alguien entender algo por primera vez. Pero la creatividad, esa que yo veía en escritores, en ilustradores, en personas que parecían moverse por el mundo con una especie de ligereza que yo no tenía, eso era de otros.
Hasta que llegué a un punto de mi vida en que necesitaba expresarme. Era uno de esos momentos en que las cosas se acumulan y el cuerpo pide una salida que no sea una pantalla ni una lista de pendientes. Buscando, casi sin saber qué estaba buscando, encontré un curso en Domestika llamado Gimnasio de escritura. Y ahí conocí a Aniko Villalba.
Paréntesis: Aniko, si me estas leyendo, confieso que me tiemblan un poco las manos al escribir esto. Me genera mucha emoción que mi escritora referente recorra mis palabras; no todos los días se tiene la suerte de que nos prestes un ratito de tu atención.
Lo que ella propone parece simple cuando lo lees por primera vez: la creatividad no es un talento innato, es una práctica. Se entrena. Se cultiva. Cualquier persona puede escribir, puede crear, puede jugar con las palabras, solo necesita hacerlo. Leerlo fue como que alguien me quitara una mochila de la espalda que yo ni sabía que estaba cargando.
Desde ahí todo fue una gran bola de nieve. Sus libros llevaron a otros libros, sus recomendaciones me abrieron autores que nunca hubiera encontrado sola, sus talleres de escritura creativa me dieron algo que no sabía que me faltaba: el permiso de intentarlo sin tener que ser buena desde el principio. Participé en varios de sus talleres, llené cuadernos, hice ejercicios que me parecían absurdos y que luego resultaban ser exactamente lo que necesitaba. Y en todo ese proceso fui entendiendo que la escritura creativa era una forma de pensar.

Fue también el tiempo de la maternidad. Ese período extraño y hermoso en que una parte de tu vida anterior queda en pausa y aparece un espacio inédito para observar cómo aprende un ser humano desde cero. Mi hijo crecía y yo lo miraba aprender con una libertad que los adultos ya no tenemos, sin miedo a equivocarse, sin vergüenza, con una curiosidad completamente intacta. Y yo, mientras tanto, leía sobre creatividad, sobre cómo funciona el cerebro, sobre qué pasa cuando los niños crecen y empiezan a creer que no son creativos.
Cuando retomé mi trabajo como profesora, algo había cambiado en mí. Llegué con una pregunta que antes no me había hecho: ¿y si la escritura creativa pudiera ser una puerta de entrada al italiano? Empecé a experimentar con mis estudiantes. Ejercicios de escritura adaptados al nivel gramatical, actividades que jugaban con las palabras sin la presión de hacerlo perfecto, propuestas que activaban la imaginación antes de activar la memoria. Y funcionaba. Porque cuando alguien crea algo, aunque sea una frase pequeña y llena de errores, ese algo le pertenece. Y lo que nos pertenece se queda.
Entendí entonces que aprender italiano de forma creativa no era una metodología alternativa ni un capricho pedagógico. Era simplemente la forma más honesta de trabajar con el idioma, la que respeta cómo funciona realmente el cerebro cuando aprende algo nuevo.
Mucho de lo que fui construyendo en esa etapa tiene la huella de Aniko, de todo lo que aprendí leyéndola y practicando con ella. Mi libro L’italiano viene scrivendo, un libro de escritura creativa para aprender y practicar el italiano, nació directamente de esa influencia. Lo escribí con sus libros cerca, con sus ideas resonando en mí, con la certeza de que enseñar creatividad era tan válido como enseñar gramática.
Pero hay otra cosa que me dio Aniko y que tiene que ver con algo más táctil. Ella es también escritora de viajes y tiene diarios que comparte y enseña en otro de sus cursos con una naturalidad y un amor que me contagiaron completamente. A partir de sus talleres empecé a hacer los míos, retomando viajes anteriores a Italia, llenando páginas con entradas, fotos pegadas, palabras sueltas, recuerdos que de otra forma se hubieran quedado solo en el teléfono. Esos diarios hoy son un tesoro que vale más que el oro. Cada vez que los abro, Italia aparece de una forma que ninguna fotografía puede reproducir.

Y de los diarios de viaje llegué a entender algo más amplio: su amor por el papel. Por las cartas, la papelería, los cuadernos llenos de cosas pegadas. Hay algo en cómo ella habla de eso, sin ninguna ironía, con una seriedad completamente genuina frente a actividades que el mundo adulto suele clasificar como «cosas de niños», que me hizo sentir que no estaba sola en algo que yo también sentía pero que no me atrevía a nombrar del todo.
Porque a mí también me pasa. El papel me importa. Me importa la textura de un cuaderno nuevo, me importa pegar una foto con cinta de washi en vez de solo guardarla en el teléfono, me importa escribir una carta a mano aunque tarde el triple. Un día le envié una carta. Una carta de papel, con sobre y llena de sticker y papelitos. Ella la respondió. Fue uno de esos gestos pequeños que tienen un peso completamente desproporcionado. Ahora hago parte de su club de correo (o mail club), en donde ella envía una carta física cada mes y también he intercambiado algunas palabras con ella en su comunidad.

Para mí ese regreso al papel tiene también una dimensión pedagógica. Cuando mis estudiantes escriben a mano en italiano, cuando hacen algo físico con el idioma, algo cambia en cómo lo incorporan. El cuerpo aprende de una forma diferente a como aprende la mente sola. Y eso lo entendí lo incorporé en mi práctica personal y profesional, en parte, gracias a Aniko.
Lo que más me ha dado Aniko, sin embargo, es algo más difícil de describir. Hubo un momento en mi vida en que el espacio en que me movía ya no me representaba. Había cambiado y esos cambios no encontraban eco a mi alrededor. Leer a Aniko, seguir su trabajo, compartir algo en su comunidad, fue encontrar un reconocimiento que no estaba encontrando en otro lado. Eso de leer algo y pensar «a mí también me pasa exactamente eso». Es pequeño y es enorme al mismo tiempo.
Esta serie de posts trata precisamente de eso: de las personas, los libros, las ideas y los encuentros que me han formado como profesora, como creativa y como persona, y que ha hecho crear este espacio para aprender italiano de forma creativa. No en abstracto, sino de forma concreta. Quiero hablar de cada fuente de inspiración con la honestidad de quien sabe que su trabajo no aparece de la nada, sino que está hecho de todo lo que ha recibido.
Aniko es la primera porque fue quien me devolvió algo que yo pensaba que nunca había tenido. Y resulta que sí lo tenía. Solo necesitaba que alguien me dijera que podía empezar.
Si tú también crees que aprender italiano de forma creativa tiene más sentido que memorizar listas de vocabulario, te invito a conocer La Tribù Fantastica, mi comunidad en Patreon. Ahí es donde experimento, comparto y sigo aprendiendo, junto a personas que piensan parecido y aman Italia y el italiano.
PS: Te dejo todos los links que te pueden acercar a ella:
- Instagram: @anikovillalba y @umi.mailclub
- Substack: aniko.substack.com
- Web: anikovillalba.com
- Domestika: Gimnasio de escritura y Cuaderno de viajes
